viernes, 4 de febrero de 2011

Confesión.

De chica solía pensar que la vida era fácil. Que todo lo malo que me podría haber pasado ya lo había superado: el divorcio de mis padres; y que todas esas cosas que la sociedad consideraba “lo oscuro” estaban muy lejos de afectarme. Por un momento hasta tuve la mera impresión de que solo era un mal sueño del cual pronto me despertaría pero no.
Mis padres se separaron cuando yo apenas tenia seis años y me criaron como pudieron, en realidad, nunca pasé necesidades, aunque supongo que carecí siempre del cariño y los valores que solo se aprenden en la familia.
A pesar de que siempre vi a mi padre como un hombre “bien plantado”, toda la vida vivió para su trabajo sin crédito ni mérito para con nosotras. Sinceramente nunca supe si era porque no éramos lo que él quería o solo porque una coraza dura e impenetrable rodeaba su corazón.
No obstante, cuando tenía quince años, él contrajo nuevas nupcias con una mujer netamente diferente a mi madre: superficial y arrogante, pero esbelta y distinguida.
Aunque al principio no soportaba su presencia, accedí a pasar unas largas vacaciones en la costa con ellos; obviamente, obtendría mis beneficios.
Convivir con ella, a pesar de su frivolidad y soberbia no me resultó tan difícil como lo había imaginado, hasta llegué a descubrir y fomentar con complicidad su trascendental secreto. Norma era alcohólica.
Aprendí a sobrellevar sus mentiras a costa de ropa, maquillaje y joyas de primera marca, hasta que el vicio de las bebidas blancas me arrastró con ella.
Solíamos quedarnos horas y horas en mi habitación solo con las botellas de White Horse que guardaba en el mini bar debajo de las escaleras mientras esperábamos que mi padre volviera de sus tan habituales “horas extras”.
Entre copa y copa, como se es de costumbre aflojar las lenguas, me contó de las andanzas de papá, de cómo se habían conocido y de los negocios especiales que solía realizar con frecuencia. Oro en polvo, le decían.
Poco a poco fui cambiando por dentro, ya no era la chica de casa para dentro que cuidaba de mi depresiva madre, sino una rebelde adolescente en el corazón de la droga y el alcohol.
En la movida conocí a Bruno, mi primer hombre. Él me enseñó el arte del cuchillo y la navaja. Dicen que lo prohibido es tentador, que lo peligroso se vuelve fascinante y excitante, y así era él.
No supe en qué momento ni porqué Norma y Bruno empezaron a hablarse. A escondidas escuchaba sus comentarios, inquietudes y apuros.
De todos modos, yo seguí con mi vida y mis locuras.
Tiempo al tiempo, de a poquito, Bruno me empezó a hablar de papá, de su vida, de sus cosas, del trabajo y de Norma.
Me enteré que papá le había prohibido usar las tarjetas de crédito, aparentemente para achicar gastos y que la internaría en un centro de rehabilitación, pero en realidad ese dinero lo estaría usando para otra mujer. La fuente, no me la quiso contar, pero quien sabe.
Dicho y hecho, días más tarde, mi madrastra sufrió un escandaloso traslado a una casa de rehabilitación que terminó en un suicidio silencioso a puertas cerradas del establecimiento.
De una manera u otra mi novio, mi hombre, como me gusta decirle, me incitó a cultivar en mí un nuevo sentimiento hacia mi padre: Odio.
Odio por tantos años de sufrimiento con mi madre;
Odio por ese amor de padre que nunca recibí;
Odio porque jamás me valoró como mujer ni como hija;
Odio por las veces que yo necesité un padre y no lo tuve.
Odio porque lo culpaba a él de la muerte de Norma.

En mí comenzó a crecer la ira y la necedad de venganza por algo que quizás ahora lo entienda de otra manera.
Recuerdo que el plan lo ideé con Bruno; fue malvado, perverso, ahora que lo pienso.
Ya no daba con migo misma, las drogas me consumían, solo recuerdo como su cuerpo yacía pétreo, inmóvil en el baúl de su Ford Ranger intoxicado por ese oro en polvo que alguna vez había disfrutado.
Mi sed de venganza sin sentido, pasando por mí principalmente, después por mi madre y por Norma, sacudía hasta mi alma en lo mas profundo de mi ser y haciendo reverencia a mi maestro terminé mi hazaña deslizando mi navaja con total habilidad sobre su cuello.
Pasaron unas semanas y mi hombre se fue con el viento caliente y sucio que soplaba en el verano, no estoy segura, pero intuyo que no se fue ligero de cargas.

Y aquí estoy, no pude con mi migo y me declaro culpable del asesinato de Juan Martín Pérez, mi padre, que ahora descansa muerto en el cementerio de Chacarita.
Usted, comisario ¿Cuántos años de cárcel cree que me esperan?



1º puesto, categoría C, Concurso Literario IMB. 2009.

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